Capítulo 2

Una revolución existencialista

 

Siempre que veo a los escolares pasar, excluirse del mundo y evitar en lo posible hacer la “cimarra” me preocupo ¿hasta cuándo? No sé hasta cuando, pero siento una notable emoción de verlos perdidos. Es verdad, allí adentro, en las instituciones, en las universidades en general, los personajes que vemos acudir muchos no van a hacer nada especial. Tienen encuentros amorosos en los cuales piensan que impulsan su carrera, a la vez que estudian lo necesario, tienen encontrones idealistas con los profesores, otras veces los repudian y salen a divertirse hasta el, punto de encontrar un círculo que les sirve, y poder reunirse para olerse todos sus olores, intensos e interesantes por igual. Esta acaba siendo la vida de aquella gente –en pensamiento auténtico- de aquella gente que acude a las instituciones a “educarse” según mi punto de vista bastante amplio.

Han pasado años desde que los científicos han perdido su real relevancia en la sociedad. Anteriormente, un gran científico era un inventor, y revolucionaba cada tanto con sus creaciones o inventos o también, sus descubrimientos. No es de extrañar que con aquellos hayamos podido disfrutar la televisión, ya sea a color o en blanco y negro, la radio, poder matar bacterias con la penicilina, descubrir la célula, de qué estamos compuestos, etcétera, etcétera. Incluso la física ha incursionado en nuestro campo del pensamiento: con los avances en teorías de partículas, sabemos que somos “sólo tendencias”, la mecánica cuántica ha revolucionado nuestra forma de ver el mundo, de saber que lo más mínimo son átomo y no son lo que parecen, el mundo es más borroso de lo que creemos. Y así podríamos seguir con descubrmientos: pero es hora de “aterrizar”. La fuerza que nos ha impulsado a descubrir cosas nuevas, también ha impedido que otras sean “fáciles” de conseguir, y es que la “facilitación” de las actividades que antes no eran cotidianas en nuestra vida nos ha pasado la cuenta. Muestra un botón: los computadores y las redes. En un principio la función de ellos era ordenar información, datos, y coordenadas útiles, la palabra computación no cabía en estos sistemas porque, el “ansia” por explotarlos aún más y más era tan grande, que la finalidad última era la más empleada. Pero cuando empezó esta revolución informática, a la vez la comunicación se hizo fundamental, y comunicar algo nuevo también… y creemos que para comunicar <<algo>> se debe <<crear>> primero, y nace más bien una computación que un mero “ordenamiento de registros”. Es decir, de un tema que nace de organización, de poder comprender un algoritmo (método) lógico para conseguir algo, que luego se transforma de una forma de mantener organizada la información, se llegó a realizar, llevar a cabo, verdaderas aplicaciones nuevas, luminosas y útiles para cada ser humano. Eso es lo que se conoce como verdadera computación, pues, el cálculo es el principal protagonista. De esa forma hemos progresado hasta ser “inútiles” pues, somos como los antiguos jefes de los negocios, decimos, hacemos. Todo se transforma en una aplicación reducida digital y ultra-práctica. Entonces ¿cuáles serían las gracias de realizar cosas? Es una verdadera inquietud.

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